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Hoy es

Cuando todos son partícipes

Cincuenta años de Revolución han afianzado la inspiración participativa de los cubanos, latente en su ADN desde el surgimiento de la nacionalidad

Por LISET GARCÍA

Medio siglo después del nacimiento de la Revolución que hizo realidad el sueño martiano de hacer una república con todos y para el bien de todos, Cuba enseña que sin el protagonismo de sus hijos, la nación no habría sobrevivido.

La Cuba libre nacida en 1959, al mismo tiempo que la reacción y las agresiones venidas del norte que siempre nos despreció, parafraseando al Apóstol, tiene como sustento a los propios cubanos, lo cual ha sido posible porque de una u otra manera cada uno se siente partícipe y responsable de los sucesos del país, porque la sociedad se ha construido en estos 50 años gracias a la participación de todos.
Tal participación no es apenas el derecho al voto, ni la capacidad de decidir sobre las decisiones de gobierno, siguiendo normas de la Constitución aprobada por más del 97 por ciento de la población, en referendo del 15 de febrero de 1976. Tampoco se circunscribe a los comicios que desde entonces se realizan cada dos años y medio en los barrios.

Es conocido, aunque algunos sigan obstinadamente en silencio o repitiendo lo contrario, que el carácter popular de las elecciones, está presente en Cuba en todos sus pasos organizativos, desde la conformación del Registro de Electores hasta la toma de posesión de los elegidos y el posterior cumplimiento de sus deberes públicos, que incluyen rendirle cuenta de su quehacer a los electores.

Los comicios municipales, base institucional del sistema político cubano, se caracterizan por la inscripción universal y automática de todos los ciudadanos, nominación de los candidatos por los propios vecinos mayores de 16 años, inexistencia de campaña electoral, total transparencia de la votación y la facultad de los ciudadanos de revocar el mandato.

El Partido Comunista no interviene en ninguno de esos pasos. Es que fue precisamente ese partido, el que en su primer congreso celebrado en 1975, decidió dejar atrás la provisionalidad de las instituciones creadas desde 1959 y que habían regido en el país, para pasar a nuevas formas organizadas de involucrar en el poder del Estado al pueblo, fraguado ya en la experiencia de los 17 años de Revolución transcurridos.

En temprana fecha, agosto de 1970, el Comandante en Jefe Fidel había expresado la necesidad de ir “creando mecanismos que pongan en manos de las masas el nivel de decisión acerca de muchos problemas”, y se preguntaba “cómo nosotros logramos de manera inteligente, de manera eficiente, llevarlas consecuentemente adelante a este desarrollo, para hacer que no se trate simplemente de un pueblo con confianza en sus organizaciones políticas, en sus dirigentes, en la disposición de realizar tareas, sino que el proceso revolucionario sea a la vez –como aspiraba Lenin- una formidable escuela de gobierno, donde millones de personas aprendan a asumir responsabilidades y a resolver problemas de Gobierno.”

El primer gran experimento social realizado en la Isla, entre 1974 y 1975, en la Atenas de Cuba, surge precisamente a partir de esas ideas esbozadas por el líder de la Revolución. Fue el estreno  de los órganos del Poder Popular en todos los escalones de la provincia, cuyo aprendizaje resultó útil para encaminar la tamaña transformación que experimentaría el país después, en materia de institucionalización estatal y de derecho.

La sustancia de aquel modo de gobernar la delineó muy bien el segundo secretario del Partido, Raúl Castro, cuando les expresó a los delegados recién electos el 22 de agosto de 1974 que “en cada instancia del Poder Popular la máxima autoridad no la tienen los elegidos, sino los que eligen, considerados estos no individualmente, sino en su conjunto. Y en ese hecho reside lo esencial, que convierte en real la participación de las masas en el poder estatal.”

A partir de esa primicia se inició el estudio para el reordenamiento político del país que incluía la definición de una nueva división territorial, precisamente para hacer más viable el ejercicio de ese poder. La elección de los delegados de circunscripción y los diputados se extendió a todo el archipiélago, con lo que en definitiva quedaron más abiertos aún los caminos para la incorporación del pueblo a la conducción real de la sociedad y la discusión colectiva acerca de los principales problemas.

La realidad siempre agitada de aquellos años hizo que muchos ni siquiera repararan en la trascendencia de los hechos de que eran protagonistas. Uno tras otro y, en ocasiones, al mismo tiempo, sucedieron los cambios que mantuvieron a la gente atenta y sin descanso construyendo su propia obra.

De la huelga general a la Ley de seguridad social
Más allá de las elecciones, en Cuba se han abierto en estos 50 años múltiples espacios de participación que les han permitido a los ciudadanos tomar parte en las decisiones del país.

Fue tras la huelga general de trabajadores que se aseguró aquel nacimiento de 1959. Cuando la contrarrevolución despertó casi al unísono, y los yanquis iniciaron sus ataques por todos los flancos, ya los cubanos habían decidido defender el trecho avanzado.

Por eso, salieron de sus casas vestidos de milicianos y se nuclearon en las milicias de obreros y campesinos. De esa misma fuente había bebido el Ejército Rebelde para nutrir sus filas, que más tarde aunó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, “el pueblo uniformado” como lo ha definido Fidel. Ese mismo pueblo dio cuerpo a los CDR, organización de la que es miembro casi toda la población mayor de 14 años.
La Crisis de Octubre fue otra prueba de fuego real que abrasó el patriotismo de los cubanos, y logró acunar en muy pocas horas en el tejido social una conciencia política de defensa del país y de entrega colectiva a esa causa.

La alfabetización, la vacunación infantil, las donaciones de sangre las zafras del pueblo, el trabajo voluntario…, acontecimientos que atesora la memoria colectiva de los habitantes de la Isla, integran hoy esa nueva cultura de participación que formó parte de su cotidianidad desde los primeros años.

En ese constante devenir se sometió a consulta el texto del anteproyecto de Constitución, promulgada el 24 de febrero de 1976. Millones de personas participaron, aportaron ideas y propusieron modificaciones a su contenido original.

Se seguía así una tradición acendrada por los mambises en el largo camino hacia la independencia, cuando aún en las circunstancias más difíciles durante las guerras, se dieron a la tarea de elegir representantes para aprobar constituciones y fundar gobiernos en territorios liberados. Desde Guáimaro, en fecha tan temprana como 1868, hasta la Yaya en 1897. Leyes, reglamentos y normativas también promulgaron los guerrilleros en zonas de la  Sierra Maestra, meses antes del 1ero de enero.
Las reformas constitucionales de 1992 y 2002 estuvieron antecedidas, asimismo, de amplias rondas de análisis público y abierto. La primera determinó la elección directa por los ciudadanos de los diputados al Parlamento y los delegados a las asambleas provinciales del Poder Popular.

Incluyó también otras modificaciones a fin de ampliar el ejercicio de derechos y libertades de los cubanos, entre ellos los del sector religioso, siguiendo las recomendaciones del IV Congreso del Partido, realizado con anterioridad. Al aprobar la inclusión en sus filas de ese segmento poblacional en aquella cita, el país dio otro paso de apertura que hizo más viable la participación de todos.

La segunda reforma constitucional de 2002 fue otro momento singular y sin precedentes. Los ciudadanos, a través de sus organizaciones, presentaron la propuesta de cambio que ratificó el carácter irrevocable del socialismo en el país, como respuesta a una vuelta más de rosca de los yanquis frente a Cuba. En ese plebiscito dio el sí el 99, 2 por ciento de los votantes.

La consulta popular realizada en 1994, conocida con el título de parlamentos obreros, fue otro instante ilustrador de la  transparente voluntad de la alta dirección cubana de contar con las apreciaciones y veredictos de la población previo a la toma de decisiones claves.

En esa ocasión, se consideró un paquete de medidas para el saneamiento de las finanzas y el desequilibrio económico provocado por el desmoronamiento del campo socialista, medidas que en otras latitudes son aprobadas y los ciudadanos se enteran después.

La agenda legislativa de la Asamblea Nacional del Poder Popular hace honor a ese nombre, y no solo porque hasta la mitad de sus miembros son personas humildes que fungen como delegados de barrio. Un montón de opiniones, recogidas por sectores, según el asunto, se toman en cuenta para ampliar y perfeccionar los textos, antes de que los diputados los sometan a aprobación. Los más recientes de ellos, la Ley de Seguridad Social, fue evaluado por millones de conciudadanos, quienes lo enriquecieron; y ahora, la Ley de Vialidad y Tránsito también se somete a amplia consulta.

Estas verdades que la Isla puede exhibir ante el mundo, no niegan errores y defectos. Los cubanos, forjados y entrenados en el debate, se sienten partícipes de su decursar y nadie los aventaja en sentir que su sociedad está en continuo perfeccionamiento. No falta la crítica, en primer lugar del Partido, desde su alta dirección hasta el militante más sencillo, siguiendo la letra de su mandato constitucional de fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, pero también, por vocación martiana y marxista, de trabajar con todos y para el bien de todos.

En defensa de esas definiciones se enfrascan hoy todos los que viven en la Isla, sabedores del riesgo perenne que la asecha desde su nacimiento. La unidad y vocación participativa arraigada en el entramado social del país encuentra un espacio clímax en su concepción estratégica de Guerra de todo el pueblo, por si se hace realidad la siempre latente posibilidad de intervención armada yanqui en la Isla.

La existencia de Cuba como nación, que pugna por resistir en medio de circunstancias muy adversas, se sostiene en primer lugar porque sus habitantes empeñan sus fuerzas en que así sea. No olvidan las lecciones de la historia y como hiedras marchan asidos a sabiendas de que es el único modo de alcanzar, como aspiraba Martí, la dignidad plena del hombre.

Más allá de las elecciones
El sistema electoral cubano busca incorporar lo más posible las formas de democracia directa al carácter inevitablemente representativo que debe tener la institucionalidad en cualquier sociedad moderna. En la nuestra, como en cualquier otra sociedad contemporánea, el ciudadano delega parte de sus potestades en sus representantes electos y estos ejercen una función de intermediación entre el individuo y los órganos de dirección de la sociedad. Pero de varios modos nuestro sistema promueve la participación real de la gente y la vinculación efectiva de los elegidos con ella, desde la postulación de los candidatos por los propios electores hasta el control de estos últimos sobre los primeros mediante mecanismos de rendición de cuenta y revocación.

Aún así este sistema electoral no agota el contenido democrático de la sociedad cubana. La activa participación ciudadana no se limita a escoger, postular, elegir, controlar y revocar a sus representantes.

Esto es el reflejo  de una participación mucho más amplia, sistemática, consustancial a todos los aspectos de la vida social…Existe una cultura participativa que va mucho más allá de la intervención real de los ciudadanos en su sistema representativo, que, en rigor, lo sustenta y es garantía de perenne renovación y vitalidad. Porque el desarrollo democrático para ser genuino necesita fundarse en toda la riqueza creadora de una vigorosa sociedad civil y ésta solo alcanza su plenitud allí donde las organizaciones e instituciones que la expresan intervienen efectivamente en la dirección y el control de la sociedad.

Junto a las organizaciones nacidas varias décadas antes de la Revolución como la Federación de Estudiantes Universitarios (1922) y la Central de Trabajadores de Cuba (1939), el proceso iniciado en 1959 promovió la creación de otras organizaciones que agrupan a los campesinos, a las mujeres, a los estudiantes secundarios y a los niños. A ellas se suman numerosas asociaciones de profesionales y otras que reúnen a diversos sectores de la sociedad a partir de sus intereses específicos, incluyendo los discapacitados.

Esas organizaciones y asociaciones abarcan prácticamente el universo de actividades, intereses y problemas que conciernen a los cubanos. Ellas tienen una existencia dinámica que incorpora al conjunto de la población. Pero más importante aún, es el papel que desempeñan en la sociedad donde ninguna decisión sobre asuntos que les conciernen es adoptada sin su consentimiento. Ricardo Alarcón de Quesada  (Tomado del libro Cuba y su democracia)



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